miércoles 15 de abril de 2009

Duplicity

Vamos a ver. Fui a verla al cine hacer un par de semanas, muy ilusionada porque me gusta mucho Clive Owen. Y tras verla, decidí esperar un poco antes de escribir la crítica, a ver si la maduraba un poco y lo veía de otra manera. Cuando salí del cine, pensaba que la película era malucha. Y sí, he cambiado de opinión: no es malucha, es una auténtica mierda. Con perdón, pero no hay otra definición mejor.
No voy a resumir el argumento porque le haría un favor, dando un poco de sentido a lo que no lo tiene. Para tratar de disimular lo simplón, manido y absurdo de la historia, la vertebran a la manera de pequeños flashbacks, que lo único que hacen en desengancharte poco a poco de una película que en realidad no ha conseguido engancharte nunca.
Tony Gilroy es un pesado con un ego como la catedral de Burgos. No me gustó Michael Clayton, aunque se cantaron alabanzas de ella: me pareció un telefilm tirando a pesado y a tonto, y desde luego muy confuso. Pero es que este director se ha empeñado en retratar el durísimo mundo empresarial, de una manera que ni interesa, ni es creíble, ni nada de nada. Además, si como guionista es flojo, como director es un desastre. Echa a perder la que podría haber sido la mejor escena de la película: los dos directivos peleándose como niños en el patio del colegio. Sólo hacía falta rodar esta escena sin tanto aspaviento, y habría resultado además de divertida, esclarecedora. Pero cuando uno se piensa que es Kubrick, Wilder y Hawks todo al mismo tiempo, pues le sale un ñordo como Duplicity.
¡Qué desperdicio de escenarios internacionales!¡Qué desperdicio de actores (Paul Giamatti, Tom Wilkinson)! Lo único que merece la pena es Clive Owen, que puede que no sea el mejor actor del mundo, pero está para parar un tren y sale guapo, guapo. La Roberts actúa (o sobreactúa) tan mal como siempre y además está envejeciendo fatal, qué pena, con lo que ha sido esta chica.
En resumen, lo que os dije antes: una mierda. El que quiera ir, allá él; pero yo os he advertido.

Para compensar, os pongo lo que más me gustó de la película. Pero qué morbo tiene este chico con las gafas de sol. Leer más...

martes 14 de abril de 2009

The visitor

En la resaca de superproducciones, aromas de especias, entrevistas políticas y sedas diversas, hay pequeños títulos que corren el riesgo de pasar desapercibidos. Una de estas joyitas es The visitor, una película pequeñita, minimalista, pero que merece su propio hueco entre lo mejorcito del año pasado.
The visitor nos presenta a un profesor universitario abúlico y solitario que es obligado a asistir a una conferencia sobre ayuda al desarrollo en Nueva York, por lo que regresa al piso que tiene en la ciudad y encuentra que un estafador se lo ha alquilado a una pareja de inmigrantes musulmanes. En un inusitado arranque de generosidad y espontaneidad, les permite vivir allí hasta que encuentren otra cosa, sin suponer que el mundo que se ha construido va a empezar a tambalearse.
Película contenida y construida a base de silencios y breves conversaciones, muestra el proceso de conversión de un autómata detestable (todos aquellos que hayáis pasado por la universidad reconoceréis el tipo) en un ser humano con sentimientos y pasiones. También invita a la reflexión acerca del problema de la inmigración ilegal, con el consecuente riesgo de caer en el buenismo, que sería ciertamente lo único que le podría reprochar a esta película. Mucho más interesante que este discurso pseudo-social es el laberinto burocrático, kafkiano, al que deben enfrentarse los protagonistas, y la tierna relación que surge entre el viejo profesor y la madre sirio-palestina.
Todo ello con interpretaciones cuidadas y sobrias, y aderezado con la música del piano y de los tambores africanos que invitan a seguir el ritmo con manos y pies. Ojo, estoy releyendo lo que yo misma he escrito y quizá pueda parecer que se trata de una película aburrida: no lo es en absoluto.
Se ha querido comparar The visitor con Gran Torino, por tratar de personas solitarias que comiezan a humanizarse por la influencia, al principio no deseada, de jóvenes vivos e inmigrantes. Pero sería como comparar Duplicity y El curioso caso de Benjamin Button, simplemente porque cuentan una historia de amor a lo largo del tiempo. Lo único que tienen en común es estar rodadas en la actualidad, en un mundo en el que la inmigración, legal o ilegal, es una realidad, tanto, como la existencia de personas solitarias.
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